Capítulo 1
El Entierro del Gran Cacique
El eco ronco del cultrún1 había resonado toda la noche y desde todos los rincones del bosque la muchedumbre llegaba aportando su ofrenda para honrar el Gran Viaje final del Gran Cacique. Traían consigo el sabor de las bayas del maquis que continuarían a endulzar su largo sueño; el arco de flexible y resistente madera que le ayudaría a seguir cazando; el collar de llancas2 con el que lograría pagar su pasaje en el lomo de las ballenas, aquellos guardias eternos del fondo de los mares. Para el viejo Cacique que había sabido guiar con sabiduría y destreza la vida de los habitantes del bosque, nada podía resultar imposible; todo lo que se le pudiera ofrecer para aliviar su largo viaje era imprescindible. Se marchaba llevándose un pedazo de sus propias vidas, una franja florida del cielo y un soplo del perfume de las flores.
Se agruparon alrededor del fuego esperando que el primer rayo de sol iluminara el lugar adonde la ley divina mandaba que se le depositase : puede que fuera la gruta en la cual el puma guardaba sus tesoros acumulados en los largos anocheceres de caza ? o acaso el nido del águila que moraba en los altos picos de la montaña? o tal vez la hondura ignorada de un lago? Esperando a que el sol apuntara sus rayos en el lugar donde el Gran Cacique reposaría por la eternidad, todos agrupados alrededor del anciano que dormía para siempre, cantaban sus hazañas, contaban su sabiduría y los más jóvenes ambicionaban con igualarlo. El canto del tambor retumbó hasta las primeras luces del alba y sólo calló cuando depositaron al Gran Cacique sobre un fragante lecho de hojas muertas.
1 Tambor mapuche
2 Medallones de cobre con los que se entierra a los difuntos
Extracto, leído por la autora, de la edición bilingüe, publicada en Arcoiris Editions. París.
Depósito legal del Primer Trimestre del año 2008.
ISBN 2-9524871-6-2
Le chemin vers l'école
Ils sautent entre les flaques d'eau, enfonçant leurs pieds dans la boue que les pluies torrentielles ont déposée comme offrande léguée par l'hiver. Les enfants connaissent bien ce chemin qu'ils parcourent chaque jour. En été c'est un ruban poussiéreux, festonné de chaque côté par d'énormes fils barbelés recouverts de ronces. Le chemin du printemps ressemble beaucoup à celui de l'été mais dans les ronces volètent des papillons et des lézards véloces surgissant entre les pierres du sentier, courent se cacher. En automne, les peupliers que l'on aperçoit au-délà des buissons s'habillent de jaune et de rouge. Puis se dénudent avec une grâce aérienne. Les feuilles se détachent, papillons surpris qui glissent de branche en branche.